|
Nota del editor asociado: Esta es la segunda de una serie de columnas que escribirá Alejandro Leal, haciendo comentario de su decisión de iniciar el proceso de naturalización para así convertirse en ciudadano americano. Para ver la primera, haga click acá.
Nunca he votado. Hace ya más de cinco años que recibí la mayoría de edad para votar y han pasado varias elecciones presidenciales – dos en Estados Unidos y dos en Colombia – donde pude haber votado, sin contar las diferentes elecciones para gobernador, alcalde, para senador y representante, secretaría de estado, etcétera; y no he ejercitado mi derecho.
Es irónico pensar que yo, siendo una persona que puede discutir política, que tiene firmes creencias y opiniones; que sabe hacia qué polo social se inclina, esté cobijado dentro del grupo estadístico de aquellos que no votan. Aquellos que le dan la definición al fenómeno del desconcierto o apatía del votante.
Pero el limbo de mi situación legal no me ha permitido considerar la democracia como un ejercicio digno de mi participación. Como ya no resido en mi país de origen, aplacé el trámite de todos mis documentos legales, siendo mi pasaporte lo único que me ligaba a mi antigua patria, hasta hace dos años cuando la pude visitar de nuevo.
En Colombia es necesario obtener la conocida cédula de ciudadanía una vez se cumpla la mayoría de edad (18 años). Aún siendo residente legal de otro país, es necesario tenerla si se quiere entrar a territorio colombiano con pasaporte colombiano. El agente de inmigración le pedirá dos documentos nacionales que lo identifiquen. Debe presentar el pasaporte junto a la cédula, o la licencia de conducción, o libreta militar, o cualquier otro documento.
 La democracia incluye pancartas en lugares estratégicos que solicitan el voto a quienes menos se lo esperan. (Foto: Alejandro Leal / RE)
Pese a ser mucho mayor de 18, no solicité mi cédula sino hasta hace dos años. Fui de vacaciones, como hacen tantos ahora que Colombia es un vividero, y el agente de inmigración me puso problema porque sólo tenía pasaporte. Le expliqué que yo era residente legal en Estados Unidos, pero insistió que no importaba, yo era ciudadano colombiano y por ley, debía tener mis papeles en regla.
Lección aprendida, y durante aquel viaje diligencié la cédula, obteniendo lo que se llama la contraseña, un documento temporal que entrega la registraduría del estado mientras se prepara el documento oficial. Proceso que por lo general dura un año.
El hecho es que ahora que sí tenía mi cédula, la podría registrar para votar. Sí, es cierto, como nacional extranjero, yo podría registrar el pasaporte para votar en elecciones colombianas, pero en lo tradicional y simbólico de la democracia, la cédula era boleto de entrada a ella. Sin embargo, ahora que la tenía, no me preocupé lo suficiente para hacerlo.
Además de no saber por quién votar, la realidad es que las oficinas del consulado tenían un horario supremamente rígido – cierran a la 1:30 p.m. – cosa que impedía cualquier intento sincero de registrar mi cédula nueva para votar.
Este año viaje de nuevo a Colombia para un matrimonio de un amigo. Estuve una semana y mi viaje coincidió con las elecciones para cámara de representantes y senado (el congreso colombiano). Sin querer resulté en territorio colombiano, con cédula en el bolsillo, con la democracia en la calle y con la oportunidad de vincularme al movimiento de una vez por todas.
Pero eso de la apatía es muy difícil de superar. Dicho y echo, mientras que Corferias, el centro de convenciones y ferias internacionales más importante de la capital colombiana, se arrebataba de personas que no habían inscrito sus cédulas en sus respectivos lugares, yo dudaba de la influencia que tendría un solo voto extranjero; el mío.
Al fin no lo hice; aunque si quise, y siento un poco de arrepentimiento. Pero creo que mi razón es válida, porque en realidad, no conocía lo suficiente de toda esa manada de candidatos – ni siquiera de los que vinieron a hacer campaña a Atlanta – para discriminar entre ellos y escoger el que mejor me represente como colombiano.
Cuando regresé, me di cuenta que mi pasaporte se vence este año. Tendré que sacar el tiempo necesario para visitar el consulado y pedir una renovación. Claro, siempre y cuando sea necesario, pues también cumplo cinco años de residente legal, dándome uno de los más importantes requisitos para solicitar la ciudadanía americana.
Este año, como en Colombia, hay elecciones generales en todo el país; gracias a que el modelo democrático colombiano tiene algo prestado del americano, de nuevo veo la democracia en la calle.
La veo en las vallas publicitarias, en los avisos de plástico que sostienen en dos alambres en las esquinas de las más congestionadas intersecciones. La veo en la oficina donde trabajo, cuando llegan candidatos políticos de derecha, centro e izquierda invitados a debatirse entre ellos para un programa radial que producimos.
La veo y presiento que me invita a participar, a salir y hacer parte de lo que se supone es una de las más grandes virtudes de este país.
Sobre todo ahora que tanto está en manos de nuestros representantes.
“La Constitución le otorga muchos derechos tanto a los ciudadanos y como a los no ciudadanos que viven en los Estados Unidos”, dice la guía para la naturalización, en sus primeros párrafos. “Sin embargo, hay algunos derechos que la Constitución le otorga solamente a quienes tienen ciudadanía, como el derecho a votar.
“Cuando usted se naturalice, tendrá el derecho de votar."
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios. Por favor valídase o regístrese. Para registrarse haga click acá |