Un proceso natural PDF Imprimir E-Mail
Por Alejandro Leal   
julio, 2006

Nota del editor asociado: Esta es la primera de una serie de columnas que escribirá Alejandro Leal, haciendo comentario de su decisión de iniciar el proceso de naturalización para así convertirse en ciudadano americano.

Desde que mi familia llegó a los Estados Unidos, nos hemos acostumbrado a la tertulia tras la cena, discutiendo todo tipo de temas, desde lo social hasta lo personal; pero siempre, de alguna manera, se llega al complicado tema de la inmigración. Por la naturaleza con la que vivimos día a día, nos vemos con la obligación de detallar la situación legal de todo tipo de persona que conocemos; nuestros familiares inmediatos, lejanos, mis abuelos, mis amigos; ya que de esa manera, se aprende sobre los laberintos burocráticos que cada uno de nosotros tiene que navegar para permanecer en este país.En mi caso personal, hablando en terminología actual, yo soy uno de aquellos que ya está hacia el frente de la gran hilera imaginaria de personas que año tras año solicita una forma de estadía legal.

Cuando llegué, apenas era turista, por ende, estaba en el puesto infinito, pues no son muchos los turistas que pueden aspirar a llegar a la cima. Recuerdo que aquel mes de julio, apenas para la celebración de la independencia estadounidense, visitamos la capital. Ya lo habíamos hecho unos años atrás cuando vivíamos en Nueva York, haciendo el viaje obligado por tren para visitar la Casa Blanca, el monumento a Lincoln, el obelisco y el Capitolio.

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Monumento al presidente Abraham Lincoln, en Washington, D.C. / Foto: sxc.ru
También recuerdo que en ambas ocasiones me extrañó ver que algunas de las personas con las que viajábamos, no sintieron la misma sensación inerme que sentía yo al estar frente a tan gran concentración de poder diplomático. Para ellos era un simple viaje de los tantos que hacían y que harían. Otra parada más en su rutina turista. Para mí, aquella visita era cuestión de polaridades. En lugar de estar en el polo donde todo tenía un pretexto y excusa para dejar de funcionar como previsto, me encontraba en el lugar de la paridad sistemática. Donde todo funcionaba al pie de la letra.

Mi sensación de inferioridad no surgía del complejo tercermundista con el que viven muchos latinoamericanos de clase media. Es más, semejantes palabrotas no existían en mi vocabulario pues apenas tenía 12 años. Yo creo que era una cuestión de acondicionamiento innato y debido a que la sociedad en la que vivía era el Otro de la sociedad a la que llegaba. En otras palabras, mi identidad social se basaba en lo que las personas de éste polo, desde mi punto de vista, carecían en su carácter.

Entonces cómo explicar mi apto desempeño como pequeño consumidor; sin duda uno de los aspectos más claros de la naturaleza norteamericana. Es fácil, nuestros países como naciones y como estado, son amplios consumistas de las marcas globales. Eso es perfectamente transparente a nivel de comercio internacional. Pero es netamente invisible en cuanto a nivel individual ya que muchos elementos culturales de importación, son presentados con características distintivas y paralelas a lo criollo.

Cuán no sería mi sorpresa al llegar a este país y descubrir que “Colgate” no era una marca nacional de mi país.
Por eso cuando en una de las tantas tertulias se tocó el tema de la ciudadanía, mi opinión fue tajante: no, yo no me hago ciudadano.

Principalmente, mi oposición estaba basada en la filosofía europea nacionalista, importada a Latinoamérica como son importados los juguetes de la China. Renunciar a mi ciudadanía colombiana era simple y llanamente dejar de serlo. Dejar atrás mi niñez y adolescencia; mi gusto por lo hecho en casa, por la tradición de familia, porque me iré de la casa al terminar la secundaria, en fin. Porque entonces los papeles del Otro y el mió se invertirían y serían ellos los que se definirían mediante lo que yo dejaría de ser.

Por supuesto había quienes defendieran la realidad; el status quo. Ante las autoridades migratorias de los países desarrollados, todo se reduce a la libreta de papel moneda, comúnmente conocida como pasaporte. Tener uno verde que diga Estados Unidos Mexicanos, o uno vinotinto que diga República de Colombia, es muy diferente a portar uno azul que diga United States of America.

Mi hermano lo comprobó. Recientemente hizo un viaje a Europa con unos amigos de la universidad. Mientras que organizaban las paradas en su ruta de mochileros modernos, debían tener en cuenta el hecho que dos de los miembros del grupo poseían un pasaporte vinotinto, mientras que mi hermano y su compañero, lo preferían azul profundo.

Efectivamente, las dos personas de pasaporte color marrón, dejaron de ver a la acrópolis de Atenas ya que por cuestiones logísticas y – digamos – de retraso, el gobierno greco les negó visa de turista, aún cuando Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España y Holanda se las habían otorgado.

Pese a mi interés por viajar y por descubrir nuevos mundos fuera de lo convencional que nos presentan los medios de comunicación, bastó con una frase que me comentó una amiga para cambiar de parecer en cuanto a la ciudadanía.

“Tu vas a querer votar”, dijo.

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Modificado el ( septiembre, 2006 )
 
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