La retórica del odio PDF Imprimir E-Mail
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Por Edwin Mesa   
noviembre, 2006
Narcotráfico, violencia, desplazados, secuestrados, asilados y en últimas con mayor furor, y mejor, Shakira. Algunos de estos tan molestos como reales en cualquier caso, relacionados con mi querido Colombia. No tiene caso huir a lo real, eso lo comprendí con el tiempo y algunos estudios sociológicos y políticos asociados al desarrollo del Estado y el concepto de patria que construimos con relación a las instituciones políticas.

En lo emocional y haciendo una referencia cristiana, siento que hemos de llevar una cruz a cuestas, hasta un calvario no declarado, un terreno geográficamente no ubicado, inhóspito y desconocido, como cuando te enamoras perdidamente de una novia hermosa y psiquiátricamente inestable, aquí lo nombrarían como “Latin Drama”. Y de hecho lo es.

Son 150 años de bipartidismo, numerosos caudillos que otrora fueran la promesa de nuestra salvación han sido asesinados ad portas de la presidencia. La violencia de los carteles de la droga en boga por los ochenta y noventa terminaron de minar las esperanzas de un pueblo en sus gobernantes, contaminando con activos desde el gobierno hasta al más pequeño comerciante; dejando un legado en el negocio a la guerrilla y los paramilitares. Una clase política moralmente corrupta por todo tipo de intereses personales fueron el caldo de cultivo para el caos reinante, un estado de ingobernabilidad que nos negamos a declarar y de beligerancia a la espera de ser reconocido, por el respeto que merecen sus víctimas, los secuestrados y sus familias, nuestros muertos.

Sería imposible lograr un somero acercamiento a estos problemas en pocas líneas. Sin embargo, crean un marco de referencia para una sociedad sin memoria.

Sin memoria para recordar que nuestro reelecto presidente se crió como un berraco asistiendo a las corralejas organizadas por narcotraficantes (amigos personales del papá). Que fue acérrimo impulsador de las autodefensas, negocio que se le salió de las manos luego, pero que al final le resultó en hermosos discursos de desmovilización, abrazando y dándole la mano a quienes meses antes decapitaban a nuestros hermanos con motosierra, y en actos de salvajismo, jugaban fútbol con sus cabezas.

Sin memoria y sin lógica, para caer en cuenta que en mayo, el día de su reelección, se prometió un acercamiento al diálogo con la guerrilla de las FARC para el intercambio humanitario de secuestrados, quienes en algunos casos alcanzan los 10 años de cautiverio (siendo más de 2,000 hoy en día), y una moderación de ese discurso populista y caliente que lo caracteriza, él lo prometió.

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El Presidente colombiano Álvaro Uribe examina la carcaza de un carro-bomba que estalló en la Escuela Superior de Guerra en Bogotá, el 20 de octubre pasado. (Foto: Reuters)
Y de nuevo justo ad portas, como es usual, del intercambio humanitario por 58 secuestrados, que representan un paso firme al inicio de un verdadero acuerdo por la paz; aparece el carro bomba en la Escuela de Guerra. Un día probablemente importante, día de graduación, una camioneta manejada por un falso oficial, entra sin ser revisada en lo más fundamental y les estalla en las narices a los generales como una bomba con confetis, porque además de vidrios rotos y heridas leves no dejó mayores daños. La camioneta ya había entrado al establecimiento militar un par de veces, entonces por qué molestarse en detonar 60 kilos de R1, cuando podían haber tirado la edificación completa. El alcalde de Bogotá y el Fiscal General, entre otros millones de colombianos, no creemos en que las FARC hayan cometido el atentado.

Las promesas se olvidaron entonces y sale a la luz pública con la cabeza caliente y el verbo envenenado, condenando el atentado y ordenando el rescate militar de los secuestrados, algo equiparable a condenarlos a muerte, ya que cada guerrillero ha sido entrenando con cada secuestrado en la forma de asesinarlo en caso de intento de rescate.

Estrategias de miedo y consumo; miedo con falsos anuncios de atentados que nunca se cometieron, con una bomba relativamente inefectiva; consumo de la retórica del odio, del juego de promesas tan alejadas de la realidad como populares, porque se anuncia el fin, pero no se explican los medios para conseguirlo.

Mientras tanto las ilusiones de ver a nuestros hermanos con vida se evaporan, en medio de alusiones dignas de una pelea callejera, queriendo cuestionar a la comunidad internacional europea y exigiendo más de los 700 millones de dólares que se mandan desde Washington anualmente, usados ahora para desmovilizar a sus antiguos amigos paramilitares. Es fácil hablar cuando sus hijos no han sido secuestrados por servir a la patria, cuando se dedican a vender artesanías, que entre otras cosas les han “robado” ahora de una forma bien pendeja.

Podría reír, si no estuviese llorando, ahí esta una muestra:

“Esos bandidos deberían aprender a ser sinceros. Porque son matones y son mentirosos, y no miran de frente. Y son fantoches y mansalveros. No tienen alma y por eso no la muestran, porque no pueden”, – Álvaro Uribe Vélez Presidente de la República de Colombia.

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Modificado el ( noviembre, 2006 )
 
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