Temer
es respetar
Por
Sasha Herrera
 |
| Protestantes
marchan frente a la cárcel donde se encontraba
preso Kenneth Lee Boyld, quien se convirtió
en el recluso número 1.000 en ser ejecutado. |
El viernes dos de diciembre fue ejecutado
en el penal de Ralieg del estado de Carolina del Norte
Kenneth Lee Boyd de 57 años, quién había
sido condenado a la pena de muerte por el asesinato de
su esposa Julie Currie, 36 años, y de su suegro
Thomas Dillard de 57.
Este hombre, es el ejecutado número
1,000 desde que Estados Unidos reestableció la
pena de muerte en 1976. Y es precisamente, este número,
con el que una vez más, se intensifica el debate
sobre la pena de muerte como castigo a personas como Boyd.
Para muchos, como los opositores a la
pena de muerte que se hicieron presentes la noche del
jueves primero de diciembre ante el penal donde sería
ejecutado Boyd, este castigo es "una barbaridad racista";
para otros, la contra-parte, es una manera eficaz de luchar
contra el crimen.
A estos últimos, podría
decirles que este acto violento como mecanismo de respuesta
a otro acto – igualmente violento – no es
la forma de luchar, ni mucho menos prevenir, que cosas
como estas no vuelvan a suceder.
La pena de muerte, nacida de la misma
naturaleza del hecho que busca evitar, y del cual se espera,
mediante la aplicación del castigo, que no se vuelva
a repetir, es una gran contradicción desde el origen
mismo de sus fundamentos. Este castigo no es más
que otra horrible equivocación de una sociedad
igualmente contradictoria, en donde, por ejemplo, se busca
prevenir la violencia ejerciendo otro tipo de violencia,
pero eso sí, en el caso de la pena de muerte, como
una forma de "justicia".
Me pregunto si es que acaso, ¿la
ejecución de este hombre, o de los muchos otros
tantos, les va a devolver la vida a sus victimas?¿Van
a hacer que sus crímenes sean menos deplorables?
O ¿va a hacer que la tristeza, el vacío
y la crudeza de la experiencia enfrentada por los familiares
de las victimas sea borrado? o en el mejor de los casos:
¿va a hacer que cosas como estas no se vuelvan
a repetir nunca? Creo – sin duda – que la
respuesta a todas estas preguntas, y a muchas otras, es:
¡NO!
Por otro lado, quiénes están
a favor podrían argumentar, que si bien, nada de
aquello sucederá, la pena de muerte sí es
un ejemplo para aquellos que un día se les cruce
por la cabeza quitarle la vida otra persona. Y sí,
hasta cierto punto la pena de muerte es efectivamente
una forma de impactar, pero nunca será un ejemplo.
Los ejemplos no se fundamentan en el miedo, como las personas
“que no sirven” o que “no nos gustan”
se matan y el respeto no es una forma sofisticada de cortesía.
En este mismo orden de ideas, la pena de muerte es la
respuesta equivocada a una pregunta igualmente errónea.
El problema no esta en cómo la sociedad castiga
a individuos como Boyd; el asunto, es menos superficial
y por ende, un poco más complejo, la pregunta es
¿por qué nuestra sociedad produce este tipo
de personas?
Y una vez más, haciendo de "abogado
del diablo", quienes están a favor, podrían
responder, que la naturaleza del hombre, siempre dividida,
es mala o es buena. Entonces, unos somos "malos"
y otros somos "buenos"; lo que nos presenta
una situación irremediable. A lo que respondería,
que el hombre no dueño de su destino es una cosmogonía
sólo válida y digna en el mundo antiguo,
donde los primeros hombres, testigos de los dioses, y
por tanto sus creadores, tenían un arraigado, o
al menos más digno, principio de humanidad.
En este tiempo, el nuestro, este principio
desdibujado, suplantado y amorfo "desafortunadamente"
no permite culpar a otros por el desastre elegido como
destino por el hombre mismo. Y no es más que un
argumento mediocre, para una sociedad igualmente mediocre
y aterradoramente ciega, dónde Dios es sinónimo
de "corporate", miedo es sinónimo de
respeto; y donde además, se promueve la vida quitándola
y atropellándola en nombre de quién sabe
qué justicia.
Por mi parte, estoy completamente de acuerdo con las declaraciones
hechas, apropósito del tema, por Brian Forst, profesor
de derecho de la Escuela de Leyes de la Universidad Americana
para la agencia EFE, la aplicación de la pena de
muerte "es una vergüenza para EE.UU." que
"no disuade a nadie. Es violencia que genera más
violencia".
Por su parte, Kenneth Lee Boyd, en su
última noche, como lo describe la página
de periodista digital en su cubrimiento del caso, recibió
visita de sus familiares y para cenar pidió carne
de vacuno, papas hervidas con crema, ensalada, pan con
mantequilla y una bebida gaseosa. En la madrugada del
viernes 2 diciembre, le fue aplicada la inyección
letal, ante un grupo de testigos y una de sus nueras.