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Voluntad sumergida

Por Alejandro Leal

La ciudad de Nueva Orleans se sitúa entre dos grandes cuerpos de agua, el lago Pontchartrain y el Río Mississippi. Porque el terreno donde fue construida la ciudad está a nivel en comparación a estas dos masas, se construyó un sistema de diques que evita la inundación de la ciudad cuando haya una tormenta.

Varias horas tras el paso del huracán Katrina, ese sistema falló en más de tres puntos permitiendo que olas de más de 20 pies de altura azotaran a la ciudad. Precisamente la falla de estos diques fue lo que más causó el mayor daño a la ciudad.
Científicos y oficiales gubernamentales se habían quejado de la insuficiencia de los diques; y hace dos meses, según reportó el New York Times, surgió evidencia de que tanto el sistema como la ciudad en sí se hundían. Oficiales federales no se enteraron de que los diques habían fallado sino hasta el día siguiente porque algunos ciudadanos reportaron ver corrientes en alza por toda la ciudad.
Cuando el alcalde de la ciudad ordenó la evacuación total de la misma, nadie esperaba que las autoridades estuviesen entre esas personas que en fila india abandonaron Nueva Orleans el domingo 28 de agosto. No había bomberos, ambulancias, paramédicos. Pero si había gente, si quedaban unos cuantos miles de personas que no pudieron evacuar porque carecían de recursos para comprar un boleto de avión, o para pagar un cuarto de hotel donde quisiera que hubiesen parado, mucho menos para pagar el costo de dos o tres tanques de gasolina que, en teoría, los hubieran alejado del peligro.
Las primeras imágenes fueron impresionantes. Gente navegando en botes cerca de avisos de autopista, personas nadando entre hogares tratando de encontrar un lugar en alto para escapar.
Luego, los primeros rescates. Los helicópteros que se veían en la televisión sólo cargaban unas cuantas personas; se percibía que eran pocas las que habían quedado atrás y que afortunadamente aquellos helicópteros y aquellas lanchas a propulsión de hélice que sirven para los pantanos de la Florida, pudieron rescatarlos. Había grupos de cinco ó seis individuos deteniéndose de casa en casa, buscando sobrevivientes.


Atendieron a los que estaban resguardados en el Superdome porque la noticia fue que el huracán arrancó el techo en dos partes y Katrina se colaba por allí.
Pero pasó el día y los rescates parecían tan mínimos... Los mismos helicópteros recogiendo de a dos, tres personas. Nada de buses, nada de tanques, nada de buques de guerra. La gente no resistió y entonces los periódicos avisaron lo inevitable. Gente desesperada buscando algo que comer rompía ventanas, saqueaba tiendas, muchas veces, llevándose cosas tan innecesarias como zapatos o electrodomésticos.
Y el helicóptero lentamente descendía su jaula y el cuerpo de rescate levantaba a un sobreviviente.
Era obvia la urgencia de evacuar a todo el mundo. Los del Superdome recibieron la primera atención y fueron transportados a la ciudad de Houston en los primeros buses que llegaron a la zona. Pero eran 100, quizás 200 buses. Multiplicando 30 ó 40 personas por bus, da tres mil o cuatro mil personas. ¿Eran tan pocas las damnificadas?
El miércoles 31 las noticias se dedicaron a reportar lo que no había. Ante lo que antes fue una calle de casas tropicales, Jorge Ramos de Univisión advertía, “hay que decirlo, no hay presencia de las autoridades.” En Nueva Orleans los saqueadores ya se habían organizado, convirtiendo a la ciudad en una zona de guerra. El reportero de CNN decía que la policía le había ordenado entrar a su equipo periodístico porque se habían sentido disparos en contra del cuartel. Atónito, el reportero no podía explicar cómo era posible que en una ciudad de los Estados Unidos, hubiese escuchado tal advertencia. Lo peor, dijo el hombre, es que “algunos miembros de la policía han abandonado su deber”.
Pero la noticia esa noche fue el centro de convenciones. Como un gueto olvidado, el centro albergaba a miles de personas, así como los que buscaron refugio en el Superdome. Cuando las cámaras repetían y repetían las mismas imágenes, la pregunta de cuántas personas resultaron afectadas por la tormenta recibía una respuesta más exacta.
“Esas personas estaban viviendo como animales”, decía un periodista, “había reportes de violaciones, de asesinatos. La gente se está muriendo por falta de atención médica, no hay comida, ni agua. Miren allí...” y la cámara enfocó dos bultos, uno cubierto con una manta blanca y recostado sobre el suelo, el otro, recostado contra la pared y sentado sobre una silla de ruedas. Ambos cuerpos junto a las puertas del centro de convenciones.

Esfuerzos locales
Evacuados de la zona de Nueva Orleans y el Golfo reciben asistencia en el centro del Salvation Army en Gwinnett.
Más información

Foto:Alejandro Leal, arriba Reuters


Las fallas fueron muchas. El alcalde lloró ante las cámaras de los noticieros. Los propios periodistas se sentaban a llorar con personas que lo habían perdido todo, pero lo más triste, es que todo el país, todo el mundo, vio cómo, con el pasar de las horas, la gente moría, olvidados, abandonados.
Algunos políticos afro americanos acusaron al gobierno de lentitud porque la mayoría de las personas que debían ser rescatadas eran negras. Y es casi imposible ignorar la realidad social del incidente. Mientras que el domingo, millones evacuaron en sus camionetas deportivas y sus autos de lujo, la mayoría de ellos de raza blanca, otros miles, pobres y de raza negra, se quedaban en sus casas. Todos éstos con la misma característica de muchos de los residentes de las grandes ciudades del país. Pobres y de color.
Por ahora quedan preguntas. Las respuestas no se darán porque quien sabe cuándo se pueda pensar en el paso a seguir. Primero hay que seguir rescatando a los que se quedaron atrás.
aleal@revistaelite.com

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