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Observando
Un último lamento

Por Natalia Bethancurt

Llega un momento en nuestras vidas en que muchas cosas se convierten en rutina. Las obligaciones, el trabajo, y en muchos casos hasta el matrimonio se llega a convertir en una monotonía de la cual no nos damos cuenta. Con el ritmo de vida que muchos llevan es difícil salir de lo cotidiano y esto aunque no represente un problema inmediato en una relación, a largo plazo suele traer reproches que resultan en lamento.
En el matrimonio, por ejemplo, la fundación de la unión viene siendo el amor. Como todo; el amor es un elemento que necesita surtirse de una dosis invariable para que así no se desvanezca y dure por un tiempo prolongado.
A diferencia del noviazgo, el matrimonio requiere de una entrega diferente y más completa, las expectativas son mayores y en muchos casos, cuando no son satisfechas ocasionan los desfalcos que llevan a la necesidad de suplir lo que en casa escasea. Aunque el amor es el componente más importante del matrimonio, hay otros factores que entran en juego, como son la confianza, el entendimiento, la comprensión, la libido, la angustia, y la alegría; pero sobre todo, la comunicación.
Cuando la comunicación falla es más fácil que la vida de pareja se vuelva rutinaria; muchos no lo notarán hasta años después cuando los reclamos empiecen, las caricias disminuyan y el amor sea un recuerdo en la memoria fotográfica de ambos.
Algunas veces nos toma algún tiempo descubrir los designios de la vida. Así el caso de Alexandra, quien nunca pensó que le tomaría 12 años de matrimonio y dos hijos, para notar que su matrimonio había acabado antes de que ella pudiera salvarlo.
Alexandra era una empresaria sobresaliente con la idea perpetua que tiene toda mujer de casarse y vivir la vida plenamente con el compañero de vida soñado. Creía que el matrimonio era la base de vida que todo mundo se implantaba.
Creció en un hogar del cual sacó las mejores razones para casarse, conoció gente que la inspiró a una vida de pareja y descubrió que la vida era más larga y agradable cuando se compartía con alguien. Comparaba el matrimonio con saltar de un barranco, no creía que se pudiera hacer más de una vez y con esta idea continuó hasta el último día que duró su matrimonio.
Cuando Alexandra decidió unir su vida a la de Fernando lo hizo con la certeza de que seria para toda la vida como siempre lo soñó.
Fernando había sido el novio de Alexandra durante toda su carrera universitaria, aunque habían tenido sus desacuerdos usuales como toda pareja, al final el uno daba la vida por el otro. Durante los cuatro años de noviazgo hubo ocasiones en que decidieron darse un tiempo con el único fin de volver a la relación con más serenidad. A ratos, ella se cansaba de él y pensaba normal que a él le pasara lo mismo. Pero al final de cada interminable descanso encontraban que no podían vivir el uno sin el otro. Esta idea fue la pauta para que Alexandra y Fernando decidieran casarse, vislumbraron el matrimonio como una relación un poco más seria a la que ya tenían, y ese hecho les bastó para jurarse amor eterno.
Los primeros años del matrimonio los disfrutaron ampliamente. Ocuparon el tiempo viajando y haciendo las cosas que tenían en común y en el camino fueron descubriendo detalles el uno del otro que desconocían.
Los cambios empezaron a notarse después del nacimiento de su primera hija Rebecca. Al principio la estabilidad se mantuvo debido a que Alexandra prefirió quedarse en casa y dedicarse solamente a la bebé, pero llegó un momento en que decidió volver a trabajar. Lo cual le ocasionó algunos desacuerdos.
Las peleas empezaron cuando la falta de tiempo surgió por ambas partes. Buscaban la más mínima excusa para pelear y sin darse cuenta se fueron enfrascando en esa costumbre. Tanto Alexandra como Fernando notaron que la única forma de que su matrimonio no se viniera al suelo era trabajando juntos y así se lo propusieron. Aun con la rigidez y las demandas que ambos tenían, acordaron buscar un momento en el día que fuera solo de ellos, así fuera para hablar de los acontecimientos de la tarde.
El compromiso de ambos de dedicarse tiempo ayudó por un tiempo a estabilizar la relación, prueba de ello fue el segundo embarazo. La llegada de su segundo hijo Fernando Jr. fortaleció la relación. Ya conocían los rigores de criar un hijo y acordaron no dejarse aglomerar como cuando nació Rebecca.
Así fue; los dos concordaron en no dejarle las responsabilidades de los bebés a uno solo, compartieron las enseñanzas en partes iguales pero en el transcurso, sin notarlo se fueron desprendiendo poco a poco, el uno del otro.
Después de varios años sus vidas se habían convertido en una rutina cotidiana a la cual ya estaban acostumbrados a seguir. Levantarse, llevar los niños al colegio, ir al trabajo, recoger a los niños, e ir a casa y ser confidente, después levantarse y hacer lo mismo por los restantes seis días de la semana.
Nunca se cuestionaron nada, dejaron pasar los años asumiendo que el otro estaba feliz. Las peleas disminuyeron y cuando sucedían, simplemente optaban por esperar en silencio hasta que uno de los dos cayera en cuenta que no valía la pena.
Hasta que un día Fernando decidió salir de lo habitual y terminar con la tranquilidad que Alexandra pensaba que ellos llevaban. Le confesó cómo no era feliz, no le encontraba emoción a su vida, y sus ansías de llegar a casa se habían desvanecido años atrás; pero lo que más le dolía era el hecho que el amor no era más que un simple recuerdo que guardaba en su memoria. Alexandra entendió entonces que estaba en sus manos salvar aquello por lo cual había luchado siempre y en lo cual creía solemnemente, sin saber que la infelicidad de su esposo no terminaba allí. En una simple frase Fernando le confesó que llevaba una relación de tres años con otra persona y por ende necesitaba el divorcio, Alexandra quedó fría ante el hecho y vio el mundo a su alrededor desvanecerse en un instante. Pero entendió con el dolor en su alma que esos eran los designios de la vida que estaban impuestos. Su matrimonio acabó pero sus dos hijos le dieron la fortaleza necesaria para salir adelante y mirar el nuevo día de una manera diferente.
Tal vez fue la rutina o la falta de entrega del uno hacia el otro lo que causó que el matrimonio de Alexandra terminara, eso sólo lo saben ellos. Lo que sí se sabe es que una relación sentimental requiere de una entrega completa y honesta que sólo puede ser alcanzada si ambos tienen la disposición de ir mas allá de lo que se espera.
nbethancur@revistaelite.com

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