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Silencio

Por Alejandro Leal

A Ibrahim lo conocí poco después que lo lanzaran como estrella. Su disco ya era el primer trabajo de solista en salir como fruto del ahora conocido Buena Vista Social Club. Ya era partícipe de un documental sobre el grupo, ya había cantado en el salón Le Carré de Ámsterdam.
Ya su nombre se mencionaba por estar vinculado a la historia musical de Cuba. Por supuesto, en su juventud fue figura de las orquestas más conocidas de la isla - no es que yo lo diga por experiencia propia, pero porque se dice por ahí.
El gran Benny Moré y la Orquesta Chapín por ejemplo; y sus comienzos de improvisador con Pacho Alonso, con quien posteriormente formara el grupo llamado Los Bocucos.
Una historia musical rica y fructífera, que le otorgó el derecho de recibir una pequeña pensión estatal, pero que no le bastaba para pasar los días. Por eso, era necesario lustrar botas. Así era la vida, cantante de orquesta y lustrador de zapatillas de gala.
Lo conocí una tarde muy común y corriente. De tal cotidianidad era aquel día que las circunstancias fueron un tanto irónicas. Ocurrió en la ciudad donde casi todo sucede, donde las paredes son como accesorios que complementan a los apartamentos más estrechos. Donde la ciudad respira porque hay quienes en su silencio escuchan. Esperan y escuchan hasta que se dé la oportunidad de ir a conocer a un Lázaro como lo fue Ibrahim.
Fue algo habitual lo que me llevó a él. Claro, para que nos hubiéramos encontrado esa tarde de agosto, él tuvo que recorrer casi 75 años de ventaja. Empezando por la covacha donde nació en San Luis, Santiago de Cuba, de su madre, Aurelia, quien le heredó el apellido y lo cuidó hasta sus 12 años cuando falleció.
Estudió, si, pero como él mismo dice en el documental, “tuve que dejar los estudios porque la vida no era natural como ahora lo estamos pasando...era más dura... había que salir a buscarla.” Casi seis décadas de búsqueda hasta que un hombre norteamericano, que de explorador yanqui había llegado a La Habana haciendo lo mismo que yo, lo encontró.
Reunieron unos músicos del barrio; unos veteranos del son y entre ellos estaba Ibrahim. Como un Nat King Cole cubano, dijo Ry Cooder, quien sirviese unos años después como zpuente de vínculo entre él y yo.
En realidad fue un encuentro de mera casualidad. Cuando entré a esa tienda “Numbers Records and Tapes”, aquella tarde de agosto, su rostro me pareció familiar. Como si lo hubiera visto en alguna velada o en alguna reunión, no lo recuerdo. Sólo sé que me sonrió e inmediatamente me acerqué. Pero debo confesar que estaba confundido, me imaginaba otra persona, un Perez Prado, un Machito con Dizzy Gillespie, quizás un Eddie Palmieri, pero no Ibrahim. Esperaba otra cosa, algo más americano, algo más Jazz. Pero no me arrepiento, sobre todo porque la tendera me dijo, “por fín alguien compra buena música”. Y me di cuenta de ello cuando escuché, rumbo a casa, el primer guaguancó.

Volví a ver a Ibrahim unos años después, cuando me sorprendí al ver su nombre anunciado en la valla del museo, en Atlanta. Sabía que era la primera y única oportunidad de volverlo a ver, tenía unos años de vivir por acá y no esperaba que el tiempo le rindiera para poder visitar.
Eso sí, Ibrahim, creo yo, gozó hasta sus últimos días, quizás porque sabía que el sueño de ser tan famoso nunca pasó por su mente; y aún así, se hizo realidad. Esta vez, había mucha gente que también lo conocía y ya era imposible acercarme como aquella vez en Numbers. Es más, estaba yo en el lugar más lejano al escenario donde cantaba. Pero... cómo estaba de elegante, un traje azul profundo, con su gorra tradicional. Era obvio que ya el tour lo había llevado por Londres porque el traje parecía un Anderson & Sheppard o un Careceni de Milán. Un tipo con mucha clase y recorrido. Cantó y bailó; qué energía para un hombre de su edad, no dejaba nada en el camerino, todo lo entregaba sobre el Hall de la sinfónica.
A la salida del concierto pasamos por la tienda del museo y allí estaba, con la misma sonrisa, la misma gorra negra con camisa blanca. Me acerqué de nuevo y por supuesto, Ibrahim recordó, o mejor dicho, me hizo recordar aquellas melancolías placenteras que ayudó a despertar la primera vez que lo conocí, en esa tienda sobre la 37th street de Queens, en NY.
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