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Observando
En torno a la mujer
Por Rosa Silva
El problema de las comparaciones, especialmente de nosotros los latinoamericanos, es los parámetros comparativos que utilizamos. Por ejemplo, cuando nos referimos a nuestras costumbres los europeos están mejor parados; y si abordamos temas de género, “pensamos” que las mujeres europeas y norteamericanas gozan de un mejor estatus.
Pero si miramos la situación de una manera más desprevenida –al margen de las estadísticas de las organizaciones especializadas– cuando el contacto es con mujeres de carne y hueso, esa legión de mujeres, que no contamos en las estadísticas porque nuestras vidas y trabajos son tan comunes como nosotras mismas, nos vemos repetidas de la misma forma en la que se repite la imagen de una situación singular en un espejo.
Así, quedamos perplejas ante el hecho de que la realidad de lo que –según las estadísticas– es la experiencia cotidiana de los habitantes de esa inmensa porción del mundo, conocida como tercer mundo, es la misma experiencia de las personas de los países desarrollados. Y entonces, nos encontramos poniendo esa cotidianidad, que creemos exclusiva de aquel grupo de personas, como un punto de referencia “ajeno” a nuestra experiencia de realidad. El que sin duda dejaría de serlo, si nos acercamos un poco, para reconocerlo, no sólo como experiencia exclusiva de los “primeros mundos”, sino como una cotidianidad que también nos pertenece.
Seguramente las estadísticas, a las que hago referencia, se basan en un segmento de mujeres que pertenecen a las grandes ciudades de Europa y Estados Unidos: París, Londres, Nueva York, Berlín, Austria, etcétera. Sin embargo, tomando el nivel promedio de una mujer del “primer mundo”, se puede ver que, por ejemplo en países de Europa como Suiza, contrariamente a lo que se piensa, la población campesina es altamente significativa en términos cuantitativos y cualitativos; y por tanto, el número de mujeres que hace parte de aquel grupo, desempeña – como cualquier otra mujer latinoamericana- los papeles en los que las mujeres nos vemos repetidas: madres, esposas e hijas; quienes asumen el rol que milenariamente le ha sido designado a la condición femenina.
Las mujeres –del primer mundo o del tercero– son las responsables de la familia, de las tareas domésticas (cocinar, lavar, planchar, asear) y del cuidado y crianza de los niños. A lo que además, se le ha ido sumando, con el paso del tiempo, labores “extras”: el trabajo fuera de casa.

Foto: stockxchange.hu
'Por su parte, el papel del hombre, sea en su rol de esposo, padre o hijo es acompañar'.
Por su parte, el papel del hombre, sea en su rol de esposo, padre o hijo es acompañar. El, acompaña en la crianza de los hijos, acompaña en la preparación de los alimentos, acompaña, acompaña y solamente acompaña porque estas no son sus responsabilidades.
Visto de esta forma, las responsabilidades de los hombres como las de las mujeres es una proclama universal, ya que los roles están muy bien definidos. Y, en lo que respecta a las leyes y constituciones que abordan el tema, se hacen un tanto inútiles, puesto que las costumbres están metidas en los huesos de las unas y de los otros.
En lo psicológico, se puede decir que la mujer, venga de donde venga, experimenta las mismas dudas y temores. En el caso de las mujeres maduras, sentirse satisfecha de lo que se ha hecho con cada una de sus vidas es el sentimiento menos común; ya que la mayoría de las mujeres, nos embarcarnos, siendo muy jóvenes, en la responsabilidad de una familia. Lo que lleva implícito una renuncia a nosotras mismas. Como mujeres estamos educadas para ello: europeas, norteamericanas, latinoamericanas, africanas, asiáticas; debemos ser lo que se nos pide que seamos, y en el intento, en el que muchas nos perdemos, la sociedad “soluciona el síndrome” con los psiquiatras, quienes nos formulan Zolof o Prozac y nos dan palmaditas en la espalda.
Por otro lado, encontrar una pareja que nos ame de forma adecuada: respeto a nuestros sueños y expectativas como mujeres, compañeras y futuras madres es casi obsesivo; ya que, ese prototipo de hombre existe sólo en nuestro imaginario. Vivimos en un mundo patriarcal, donde nuestros sueños son caprichos y no hay espacio para expectativas, donde la cotidianidad es contundente y en donde sólo queda asumir el rol, el que se lleva como una camisa de fuerza.
Así, somos fieles a nuestra educación no a nuestra naturaleza, y preferimos amar la nada a pertenecer a la cofradía de las des-adaptadas o, como se dice en lenguaje coloquial, las solteronas y nos zambullimos en la responsabilidad de una familia. Entonces, el círculo se cierra con la llegada de los niños y empezamos a padecer el síndrome de la histeria. En el mejor de los casos, el padre se marcha porque no soporta tanta presión y es fiel a su naturaleza o se queda para acompañar, porque también es fiel a su educación.
La legión de madres solteras y/o separadas está más allá de cualquier estadística. Este tema sólo se aborda con números porque el discurso no aguanta la abrumadora realidad.
La inmensa minoría de mujeres, quienes optan por ser fieles a ellas mismas, pagan un precio social alto: son señaladas y viven en soledad.
Re-inventarse y re-educarse nos plantea dudas en cuanto al referente y a la referencia: ¿Para dónde voy?, ¿Vale la pena?, ¿Qué hay más allá?, ¿Qué se supone que debo ser?
El re-inventarse ellas implica necesariamente re-inventarse ellos y solamente así pueden dibujarse un futuro con mayores y mejores oportunidades. Mientras tanto, seguiremos solamente fabricando niñas y niños según el molde. Me pregunto: ¿Cuando va a salir la primera promoción de padres nuevos?
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Nota del editor: Rosa Silva es licenciada en administración biblotecaria.
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