Zona Franca
Sí lo lograremos
Por Alejandro Leal
Con viento, amenaza de tormenta y con la extraña sensación de que las cosas han cambiado muy poco, muchos salieron a las calles de la ciudad para velar al cuerpo de la viuda del asesinado líder cívico Martin Luther King, Jr., Coretta Scott King, que falleció la última semana de enero.
Los comentaristas de las cadenas nacionales hablaban de lo histórico del evento; por primera vez en la historia de ésta ciudad, una persona de color iba a ser velada en la rotonda del capitolio estatal. Como una oda al pasado, el cuerpo de la señora iba en una carroza de doble caballo, con un conductor de sombrero de copa; faltaba la carretera de gravilla, los bosques en vez de las construcciones del centro y por supuesto, que se hubiesen borrado todos los logros del movimiento de los derechos civiles.
Andrew Young, el antiguo alcalde de Atlanta, hablaba en CNN de cómo el gobernador de Georgia en esa época, Carl E. Sanders, quería impedir que los empleados públicos se retiraran a sus casas el día en que asesinaron al Dr. King, pero igual, de que hoy en día en el mismo capitolio donde velarán a Coretta Scott King, se aprobó una ley que busca regresar a la época donde el voto era un privilegio para la gente de tez blanca. Young hablaba de la Ley de la identificación para el votante, la cual se estableció con el pretexto de combatir el fraude electoral, creando una tarjeta de identificación para todo aquel que desee participar en elecciones estatales y locales. Pero para quienes critican la ley, muchos de ellos políticos demócratas, ésta representa un obstáculo que impide el voto de pobres y de las minorías, pues muchos de ellos viven en localidades en donde no funciona una oficina que distribuya dichas identificaciones. En un principio, por ejemplo, la propuesta inicial establecía un costo de fabricación para cada tarjeta, el que asumían los votantes, cosa que para muchos representaba un “poll tax” o impuesto electoral, que existió antiguamente para impedir que los negros – muchos de ellos en absoluta pobreza – pudiesen votar. Desde entonces se han hecho modificaciones permitiendo que aquellas personas que logren demostrar su incapacidad de pagar el costo asociado, puedan obtener la tarjeta mediante un subsidio estatal.

Foto: Alejandro Leal / Revista Elite
La carroza que llevó a Coretta Scott King al capitolio.
Sin embargo resulta imposible asombrarse al entender la lógica de la ley. Por un lado, no se ha registrado el primer caso de fraude electoral, donde una persona asuma la identidad de otra con el propósito de votar doble; y recientemente el Atlanta-Journal Constitution reveló que la ley del “Voter ID” no hace nada para impedir otro tipo de fraude electoral, el que sucede cuando una persona dice no poder asistir a la urna y por ende, solicita el derecho de enviar su voto por correo; el fraude consiste en falsificar formularios de “voto en ausencia”.
Según comentó la secretaria de estado, Cathy Cox, al diario, el hecho de que esta ley, apoyada por la mayoría republicana, no haga nada por combatir el fraude de votos en ausencia, “me dice que ellos no están interesados en eliminar el fraude electoral, punto”.
Estamos en el 2006 y la sensación de que el prejuicio con base en el color de la piel perdura, incomoda. La realidad es que hoy en día la sociedad es más segregada que antes. Están los canales para negros, los canales para hispanos, los canales para asiáticos; las marcas de ropa, las películas, el cine; la literatura “general”, la literatura afro-americana, y los “libros en español”; los sectores hispanos, negros y los suburbios. Por supuesto, todo aquello que en esta sociedad sea para un público “general”, se subentiende que es para la gran mayoría. Se llama inclusión por ausencia, sólo porque no dice que sea para blancos quiere decir que no lo sea. ¿A caso en Friends, se ven minorías? Ya no, porque la serie culminó.
Quizás sea inocencia del inmigrante; pensar que en este país los derechos ya se alcanzaron porque todos “somos iguales”, pero en realidad la igualdad se obtiene bajo un solo color: el verde.
Ese sábado, mientras los agentes federales y de la policía vigilaban, la muchedumbre – que en su predominante mayoría era negra – esperaba. A eso de las 11:45 de la mañana una caravana de motos policíacas hizo un giro en Piedmont con la calle Martin Luther King, tomándola hacia el noroeste; le seguía una limosina de funeral y luego, la carroza a dos caballos. Muchos aplaudieron, otros gritaban “Amenes” con desespero; “allí va, ¡allí va!”. Cuando la carroza giró a la izquierda sobre la calle Washington, que es la misma Courtland justo hasta que cruza la MLK – ¿por qué será que en Atlanta, tantas calles cambian de nombre? – la muchedumbre se abalanzó a cruzar la calle, tumbando las barreras. Pudieron llegar hasta la estatua del general Gordon, líder del ejército de la confederación durante la guerra de secesión, situada en la grama del capitolio, en la esquina de Washington con MLK. Allí una barrera humana de policías impidió que se acercaran. Desde ahí vieron como bajaban el féretro; y mientras un sexteto de soldados lo subía por las escaleras del costado norte del capitolio, todos empezaron a cantar el himno oficial del movimiento de los derechos civiles, “We shall overcome, we shall overcome…” (“Sí lo lograremos, sí lo lograremos…”).
