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Febrero, 2006 | Contact | Archivos | About Us | Media

Observando
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Por Moraima Guzmán

Cuando oía a mi prima de 14 años hablar sobre los varios novios que había tenido en su corta vida, me decía a mi misma que ese tipo de relaciones no contaban, ya que ninguna de las dos partes tenia la madurez suficiente como para llevar una relación. Cuando mi amiga de 19 años cumplió cinco años junto a su novio, me convencí que estaba perdiendo los mejores años de su vida en una relación tan larga, y que debería tratar de conocer gente nueva y disfrutar de su juventud. Ahora que mi prima menor anda por su sexta relación, y el noviazgo de mi amiga va de viento en popa, me pregunto, si efectivamente, no habrá algo malo en mí.

Mi tesis de que todos los hombres son unos ciegos y no saben valorarme ya me suena a premio consuelo. Y aunque trate de afirmar repetidas veces que no hay nada malo en estar sola y que mi vida es bastante agradable así como está; la verdad es que en el fondo sé que de nada sirve el éxito educativo, la realización personal o la popularidad social si no tienes a tu lado a alguien que te valore.

Qué bonito debe ser aparecer en la página de “Boomerang Productions” junto a tu novio y que los elijan como “Hot Couple”. Qué reconfortante sería que alguien te regalará chocolates en el día de San Valentín. ¿Por qué no puedo encontrar a alguien que me traiga mi caldito de pollo cuando estoy enferma? ¿Será que no hago suficiente esfuerzo en el gimnasio?¿Será que tomo poca agua y muchas sodas?¿Que tengo una debilidad por las papas fritas de Chik-fil-A y los sándwiches de pollo que venden en mi trabajo?, o ¿a lo mejor habrá razones más profundas? Tal vez no soy lo suficientemente alta. Quizá todo es culpa de mi debilidad por las largas conversaciones telefónicas o de mi absoluta indiferencia ante el universo automovilístico.

Lo reconozco, quizás la excesiva importancia que le doy a las muestras de afecto sean culpables de mi situación. Pero ¿y si me maquillara un poquito más? ¿Y me animara de una vez por todas a inscribirme a esas clases de yoga? ¡¿Quién sabe?! A lo mejor por ahí la hago.
Mis amigas me dicen que es mejor estar sola que mal acompañada, pero casi todas ellas tienen novio. Y bueno, el tiempo pasa, los días se hacen más cortos, las noches más largas y la sociedad presiona. Así que, ¡basta de hipocresías!, ¡Exijo un novio!. Nada del otro mundo, se los prometo. Aunque, me han dicho en más de una ocasión que soy demasiado exigente; ahí esta el problema.
Al fin y al cabo, qué me creeré para esperar que un día toque a mi puerta un joven que trabaje y estudie, que no tenga historial criminal y que tenga una edad mental razonablemente cercana a mi edad cronológica. Un hombre que fume y tome con moderación y que no consuma ningún producto ilegal, que no compare mi cuerpo con el de la mujer del prójimo, que sepa bailar salsa, merengue y todo tipo de género musical, que aguante mi extremo sentido de puntualidad, y que no juzgue mi vasta y ya exagerada colección de zapatos.

Ni que yo fuera “la última coca cola del desierto” y pretender que estando tan disputado el mercado de varones, justo yo, vaya a encontrar a la aguja en el pajar. Tal vez, “con la misma vara que mida seré medida”; y quizás, me estoy excediendo.

Como si yo fuera “la pepa del mango” porque estudio y trabajo, porque puedo llevar una conversación lógica, por tener un sentido del humor entendible y unas medidas anatómicas saludables.

¡Renuncio a mis noches de parranda los viernes y a los apacibles momentos que traían consigo la soledad! ¡Vaya el peor postor a mi casa! ¡Lo que sea!, con tal de tener a alguien a quien rendirle cuentas.

Todas mis energías a partir de hoy se dirigirán a deshacerme, de una vez por todas, de ese estorbo sobrevalorado que es la libertad. Este 2006 yo también quiero tener un novio, aunque sea por un par de mesecitos.

Moraima escribe desde Atlanta, Ga.
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